miércoles, 8 de abril de 2009

Recto


Como el niño que sin ver el jardín en el que está, pisa con una atrocidad casi inocente las rosas que vivían y adornaban la vista de los traseuntes. Como el joyero inexperto que desgarrra la pureza de un diamante, un mal coleccionista que sólo sabía de precios más no del valor de las cosas. Así deambulaba ella por su vida.

Así vivió, sin sufrir golpes que le dañaran; sin alcanzar una meta al no ponérsela. Sobrevivía pues. El tiempo el único aliado, le ayudaba a sobrepasar los obstáculos que se le habían impuesto, sólo dejárlos atrás.

Decidió irse por la autopista, no sabía a dónde, pero la intención era llegar. Las lágrimas empañaban su vista, no dejaban que disfrutara el paisaje, no podría de cualquier manera al no salirse de su mundo de fantasía, mundo reinado por imágenes inventadas de su vida perfecta.



Empujando el acelerador casi con la intención de atravezar el viento, recto, siempre recto. Sin detenerse siquiera un minuto; los sueños, sus traidores cómplices, le susurraban el pasado a su oído, las lágrimas recorrían horizontal su mejilla para lavar ayeres.

Recto siempre recto, se repetía; rebasando a quien intentaba topar su camino, hasta quien le pedía se deteniese un momento para mirar simplemente. No paraba. ¿Para qué? Seguiría destruyendo con su conducta torpe la vida que podría parecer que tiene lo demás. A matar o morir. Simular el vivir.
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Se cansó, parpadeó y ya no vio mucho; un cuadro fantástico con matices otoñales, todo estático, vacío e inocuo... Eso buscaba ¿no? Gritó, vociferó y bajó la mirada al notar que ni siquiera el eco le acompañaba en su sonido... solamente su propia respiración acelerada, excitada que poco a poco se apagaba en murmullos que ni siquiera ella misma lograba entender.

Sobre sus rodillas y golpeando el suelo repetía incesante cuestiones que antes creyó que no necesitarían respuestas... Se pierde en su incertidumbre y explota en sus hubieras, intentando tocar ayeres que han muerto e intentando elaborar bocetos de mañanas que seguramente no llegarían. Creía ver en el retorno la solución, pero ya había recorrido más de lo que el tiempo le permitiría redimir.
Es bien sabido que existen tres cosas que no podrán recuperarse (según el refrán): la flecha lanzada, la palabra dicha y la oportunidad perdida. Si juntamos las tres y le agregamos las acciones irreflexivas se forma una rica mezcla de fracasos... No aptos para erradicar, sólo verlos, enumerarlos, clasificarlos y vivir con ellos. ¿Qué más le queda? Subir y seguir recto, siempre recto.
Imágen: Edición propia, pensamientos dispersos.

1 comentario:

Casi un Dios dijo...

oooorale! me gustó mucho tu estilo, la forma que tienes de escribir... sin duda logras que uno se termine involucrando en tu texto...